Columna de Fernando Villegas: Decadencia y caída...

Columna de Fernando Villegas: Decadencia y caída...
Primero la decadencia y luego una caída -a la muerte, a la imbecilidad, a la obsolescencia, a la desintegración, etc.- es el destino inevitable de todo sistema vivo, sea un organismo, una sociedad, un estilo artístico, una doctrina científica, una postura ideológica o religiosa. Lo que varía es la velocidad, intensidad y significado del proceso; no es lo mismo pasar de la condición de fulano común y corriente a la de anciano con demencia senil que mutar de la condición de genio eminente a la de veterano agotado incapaz ya de producir nada nuevo. Ni es lo mismo la larguísima y majestuosa decadencia y caída del Imperio Romano a la decadencia y caída de un club de fútbol de barrio. En cualquier caso, sin embargo, el proceso es universal y nada ni nadie se salva, primero del deterioro, luego del desplome. No por capricho la expresión aparece a menudo en las ciencias y en las artes. La más grandiosa obra histórica del siglo XVIII y aun hoy celebrada como un monumento a la inteligencia, el saber y a la elegancia del estilo es la Decadencia y Caída del Imperio Romano de Edwards Gibbon (1723-1792). Decadencia y Caída es el titulo de la primera y magnífica novela de Evelin Waugh (1903-1966). Se puede agregar como obra significativa y contemporánea Decadencia y Caída de los Grandes Poderes de Paul Kennedy y Decadencia y Caída de Prácticamente todo el Mundo de Bill Cuppy (1884-1949), este último un humorista de afilado y refinado ingenio que envolvía sus inteligentes y escépticas elucubraciones en el papel de regalo de la ironía. No por nada escribió otro libro llamado Cómo Hacer para Distinguir a sus Amigos de los Monos. Cuppy era hombre maniático y neurótico que detestaba la sola idea de cambiar sus costumbres de toda una vida; por eso, cuando se le pidió que entregara el departamento que arrendaba como vivienda y estudio, prefirió suicidarse. Cualquier cosa a encarar las molestias infinitas de una mudanza. Casi se le puede comprender.


¿A qué género o categoría pertenece la decadencia y precipitada caída del ideario progresista, antes llamado socialista, a veces también populista, en ocasiones sólo "popular", en otras incluso nacional-socialista? Es de temerse que al menos en nuestro país el derrumbe ha carecido de la grandeza que la declinación de grandes sistemas de ideas ha tenido en algunas ocasiones y en otras latitudes. Hubo una época cuando en Chile algunos espíritus un poco más disciplinados que el promedio, gente con residencia en las aulas y paraninfos universitarios, leían al menos los dos primeros capítulos de Das Kapital, entero Manifiesto Comunista y siquiera el prólogo de Imperialismo, fase superior del Capitalismo de Lenin. Fue la "Edad de Oro" del izquierdismo pensante o siquiera rumiante, pero en la generación siguiente dichas lecturas desaparecieron por DFL del gobierno militar para luego, en los 90, ser sustituidas no por una "primavera cultural" sino por la vasta y hasta el día de hoy prolífica bibliografía acerca de secretos, semisecretos y denuncias relativas al régimen militar, lo que es bastante aceptable, pero además por una folletería de poca monta emitida por mistagogos y epígonos del marxismo, quienes llaman a sustituir las barbas y las metralletas selváticas por el lavado de cerebros y el copar el Estado con combatientes y comandantes, lo cual ha sido debidamente cumplido durante la actual administración y a tal punto que hay organismos públicos –Instituto Nacional de la Juventud- donde casi el 90% del personal tiene carné de militancia "progresista". Las demás reparticiones no lo hacen mal y fluctúan alrededor del 30-40%. Quién sabe lo que se tiene planeado para el próximo "plan quinquenal".

Pero aun dicha etapa, ya de franco deterioro, ha sido dejada atrás por el actual y total desplome ético e intelectual del sector. Cuando se leen las ponencias del PC en sus más augustas asambleas sin que siquiera una vez pronuncie la palabra "socialismo" se hace evidente lo catastrófico del derrumbe de su fe. Hay también pintorescas anécdotas. Varias y muy ilustrativas del proceso se las debemos a un ministro -a quien se suponía el más dotado del gabinete– intermitentemente propalando sus ideas con metáforas del tipo "sacar los patines". Recientemente dio a conocer su riguroso análisis académico del programa económico del candidato Piñera con la frase "vengan ahora a contarme una de vaqueros". Eyzaguirre, quién otro, es así. Se considera buena onda porque suelta esos chascarros y además es capaz, en un asado, de rasgar tres acordes en una guitarra, siempre los mismos. Por eso tal vez podría dársele satisfacción en dicho territorio cinematográfico si antes nos complace contando una de terror, a saber, la de su magistral negociación cuprífera con los chinos que le ha costado al país miles -MILES– de millones de dólares. Lo de la "retroexcavadora" es otra frase memorable del período, aunque menos muestra de caída desde alguna altura que de un estado permanente de poca altitud.

Nada nace de la nada. Hay siempre un origen, a veces colosal, a veces nimio y casi siempre y en ambos casos olvidado. La historia, el tiempo, está en el corazón del completo universo, pero los ciudadanos suelen creer tácitamente que lo que se presenta ante la vista acaba de ser creado. Como el pasado ha desaparecido y sus efectos toman la forma del presente, este último aparece como la única entidad real, actuante, influyente y gravitante.

En el caso de la fase actual y -es de esperarse– final del derrumbe del "ideario progresista", cuyo pecado original consiste precisamente en confundir el progreso con todo lo que sea nuevo o simplemente distinto aunque sea defectuoso y hasta ridículo, los orígenes de las posturas y actitudes de los Eyzaguirre o los Fernández, de la Presidenta y de su corte de señoras y señoritas empoderadas, de anónimos combatientes del Injuv y de glamorosos periodistas declamando los mantras prevalecientes, es cierto voluminoso documento evacuado hace unos años por el PNUD, considerado "brillante" por ciertas almas ingenuas. Ha hecho hasta ahora el papel -o papelón- de los 10 mandamientos bíblicos timbrados en el monte Sinaí. En dicho documento, como es práctica común en ese sector político-ideológico, se pronosticaba una "explosión social" si no se hacían los urgentes cambios que pretendió hacer la NM. Dicho sea de paso, estos apocalipsis -hoy es la "explosión social", antes "explosión de las demandas sociales", aun antes "crisis final del imperialismo", todavía antes "desplome inevitable del sistema capitalista", etc.– son anunciados con la misma frecuencia y el mismo fervor con que ciertas sectas religiosas anuncian en YouTube el fin del mundo debido a la llegada siempre pospuesta del planeta Nibiru. El tono bordea la histeria y recuerda el de cierta publicación llamada "Le Monde Diplomatique" que desde hace 20 o 30 años anuncia el desplome del capitalismo en su conjunto y/o de cualquiera de sus aspectos. Es el "eterno retorno" del apocalipsis de San Juan, pero ahora en esteroides.

Tal es el destino de a veces las mejores ideas o siquiera de las mejores intenciones. De sistemas con alguna sustancia pasan a la categoría de convocatorias simplonas y de estas a la de supersticiones y reflejos condicionados. Son retornos absurdos pero duraderos. Aun hoy se nos advierte: o las transformaciones profundas "van" o habrá una explosión social.

El final de estas trayectorias históricas desde lo sustancioso y meritorio a lo patético y picante es conocido: se manifiesta en la confusión, las ambigüedades, el cinismo y la más total pérdida de los escrúpulos porque sin la fe se pierde la brújula y la aspiración se convierte en ambición, la esperanza en derrotismo y la buena voluntad en egoísmo y hasta desenfreno. Cuando ya no se sabe qué predicar se predica sin espíritu. De ahí la caída a la mentira, la corrupción y la más vulgar y desnuda ambición. O en otras palabras, "hay que derrotar a la derecha".

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